Había una vez un pueblo de montaña llamado Perales, en aquel pueblo todos eran muy felices Y nadie conocía otro sentimiento, pues nunca lo habían experimentado. Comer peras, trabajar los perales, celebrar festividades como “el descubrimiento de la pera” eran parte de una rutina que no se había quebrantado nunca y que nadie quebrantaría pues eso era,lo que ellos sabían que los mantenía en ese estado de euforia permanente.
En lo alto de las colinas peralenses habitaba la reina y señora del lugar, era una mujer con una blanca dentadura que no paraba de enseñar… era tan feliz, que con solo mirarla los peralenses comenzaban a estallar en carcajadas, pero como toda buena reina, Peralina tenía un muy oscuro secreto. En lo alto de su castillo, en la torre más apartada, allí donde las peras crecen menos jugosas y los ríos son menos dulces, vivía su joven hija Perensa. Nadie sabía de su existencia, pues la reina estaba segura de que la enfermedad que su hija acarreaba era contagiosa, y plagar su hermoso y perfecto reino con ella sería fatal. Perensa tenía siempre los ojos inundados de agua salada, una cara larga y la boca en sentido contrario a una sonrisa… ni los mejores médicos habían podido adivinar qué le sucedía. La reina se avergonzaba de que de su propio vientre haya nacido una niña con esas características. Los primeros años de vida la visitaba y velaba por ella, pero hacía ya años que no veía a la pobre Perensa. Cada noche se escuchaba fuertemente una especie de alarido proveniente de aquella zona del castillo, eran gritos descomunales que la reina había descripto como de “lobos salvajes deseantes de deliciosas peras”
Perensa había llegado ya a los 10 años de edad y, desesperada por aquella desgarradora situación, recorria el salón en el que se encontraba. Por primera vez en su vida había callado sus gritos y la inexplicable agua salada había cesado de caer por sus mejillas, pero la cara larga seguía persistiendo. Alcanzó la puerta e intentó abrirla,pero le fue imposible y comenzó a gemir nuevamente… asi siguió intentándolo hasta que, llegada la noche, logró escuchar cómo fallaba el candado y vio que la puerta cedía ante su fuerza. Lo primero que hizo fue mirar a su alrededor, incrédula, pues hacía ya 8 años que estaba encerrada en aquel lugar, después de que su madre no la soportara más, y todo seguía exactamente igual, hasta se escuchaban las mismas carcajadas provenientes de la ciudad.
Caminó sin rumbo alejándose de su horrible cárcel y cuando el sol comenzó a salir, sus pies cedieron al cansancio; una vez acostada en el suelo, comenzó a respirar profundamente dejando que ese olor desconocido llenara sus pulmones… una dulzura la recorrió y la llenó de fuerzas, miró a su alrededor y solo pudo ver unas extrañas bolas naranjas, corrió hasta un árbol cercano arrancando todas y cada una de las bolas que abia allí colgando, extrajo la corrugada piel de la primera y dio un gran mordisco. Por primera vez en su vida, Perensa lanzó una estridente carcajada, y a partir de allí no pudo parar de reir nunca más.
F.R.
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